Vamos, pues, compañero; nos espera tu sombra apercibida, nos espera tu sombra acuartelada. Todo aparentemente sigue igual. Camaradas, varios días el viento cambia de aire. Como insomnes almácigos en guardia, en la cárcel con sueño de esperanza, estará nuestra sombra cuestionando. Esto es urgente, el tiempo apremia, el día. ¡Hasta cuando volvamos! ¡Hasta siempre!
Sombra acuartelada
Pablo Mora
Samain diría el aire es quieto y de una contenida tristeza. Vallejo dice hoy la Muerte está soldando cada lindero a cada hebra de cabello perdido, desde la cubeta de un frontal, donde hay algas, toronjiles que cantan divinos almácigos en guardia. Las manos avanzan de diez en fondo, desde un martes cenagoso que ha días está en los lagrimales helado. Y preguntamos por el encuentro absoluto, por cuanto pasa de aquí para allá. Por haber sido niños y también por habernos juntado mucho en la vida, reclusos para siempre nos irán a encerrar. Qué extraña manera de estarse muertos. Quienquiera diría que no lo estáis. Pero, en verdad, estáis muertos. Estáis muertos, no habiendo antes vivido jamás. Bomba aburrida del cuartel achica tiempo tiempo tiempo tiempo. Piensa el presente, guárdame para mañana mañana mañana mañana. Aguardemos así, obedientes y sin más remedio, la vuelta, el desagravio de los mayores siempre delanteros dejándonos en casa a los pequeños, como si también nosotros no pudiésemos partir. ¿Aguedita, Nativa, Miguel? Llamo, busco al tanteo en la oscuridad. No me vayan a ver dejado solo, y el último recluso sea yo. Busco volvver de golpe el golpe. A su halago, enveto bolivarianas fragosidades. Lloro en mi mano, recuerdo, escribo y remacho una lágrima en mi pómulo. Hay golpes en la vida, tan fuertes? Yo no sé. Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma? Yo no sé! Oh las cuatro paredes de la celda. Oh las cuatro paredes albicantes que sin remedio dan al mismo número. Amorosa llavera de innumerables llaves, si vieras hasta qué hora son cuatro estas paredes. Sólo yo me voy quedando con la diestra en alto, en busca de terciario brazo que ha de pupilar, entre mi dónde y mi gallo incierto. Es posible que me persigan hasta cuatro magistrados. Es posible que me juzguen pedro. Alfan alfiles a adherirse a las junturas, al fondo, a los testuces, al sobrelecho de los numeradores a pie. Tal el tiempo de las rondas. Tal el del rodeo para los planes futuros. Cristiano espero, espero siempre de hinojos en la piedra circular que está en las cien esquinas de esta suerte tan vaga a donde asomo. Quién sabe madrugada. Quién sabe se va a ti madrugada. El cancerbero cuatro veces al día maneja su candado, chancea con los presos. Por entre los barrotes pone el punto fiscal, inadvertido, a la pista de lo que hablo, lo que como, lo que sueño. Quiere el corvino ya no hayan adentros, y cómo nos duele esto que quiere el cancerbero. ¿Puedo decir que nos han traicionada? No. ¿Qué todos fueron buenos? Tampoco. En la celda también se acurrucan los rincones. Y me retiro hasta azular, y retrayéndome endurezco, hasta apretarme el alma. Es de madera mi paciencia, sorda, vegetal. Esta noche desciendo del caballo, ante la puerta de la casa, donde me despedí con el cantar del gallo. Está cerrada y nadie responde. Llamo de nuevo, y nada. Callamos y nos ponemos a sollozar, y el animal relincha, relincha más todavía. Oh voces y ciudades que pasan cabalgando en un dedo tendido que señala a calva Unidad. Amémonos los vivos a los vivos, que siempre no estaremos como estamos. Jamás, hombres humanos, hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera, en el vaso, en la carnicería, en la aritmética! Jamás tanto cariño doloroso, jamás, tan cerca arremetió lo lejos. ¡Ah!, desgraciadamente, hombres humanos, hay, hermanos, muchísimo que hacer. Cuándo nos veremos con los demás, al borde de una mañana eterna, ¡desayunados todos! Si lloviera esta noche, retiraríame de aquí a mil años. Mejor a cien no más. Como si nada hubiese ocurrido, haría la cuenta de que vengo todavía. Nunca, sino ahora, supe que existía una puerta, otra puerta, y el canto cordial de las distancias. ¿Hasta dónde me alcanzará esta lluvia? Hay siempre que subir ¡nunca bajar! ¿No subimos acaso para abajo? Canta, lluvia, en la costa aún sin mar! Calla, crepúsculo futuro, y recógete a reír en lo íntimo de este celo de gallos ajisecos soberbiamente, soberbiamente ennavajados. ¡Cae agua de revólveres lavados! Vamos, pues, compañero; nos espera tu sombra apercibida, nos espera tu sombra acuartelada. Todo aparentemente sigue igual. Camaradas, varios días el viento cambia de aire. Como insomnes almácigos en guardia, en la cárcel con sueño de esperanza, estará nuestra sombra cuestionando. Esto es urgente, el tiempo apremia, el día. ¡Hasta cuando volvamos! ¡Hasta siempre! Y entonces tocarás cómo tu sombra es ésta mía desvestida y entonces olerás cómo he sufrido. (Vallejo, sobre el hosco muñón de su tristeza).
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